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Carlos Monsalve

Carlos Monsalve (Cali 1957), en plena madurez artística, goza de una firme reputación como pintor y maestro en artes gráficas. Su obra es altamente apreciada por los aficionados al arte, y ha merecido el reconocimiento de la crítica más exigente, que ha puesto de relieve su poderosa creatividad, así como el refinamiento de su técnica.

Se interesó desde el principio por la cuestión social, pero también por lo que él ha llamado "los espacios interiores"; así como por el mundo de la bohemia, en su Cali natal, de donde vino al Ecuador, construyó en Quito una familia y se naturalizó.

El signo de lo mágico aparece después, con la creación de un asombroso universo imaginario de carácter muy personal, que podría identificarse como una fantasía onírica de rara seducción, que nos remite a la literatura, a la mitología y a las tradiciones, leyendas y relatos colombianos y, en general, latinoamericanos.

La paleta de Monsalve, en la que predominan los tonos oscuros, los verdes y los azules, es de una calidad exquisita, con pigmentos que el maestro aplica sabiamente, con mano segura y largamente ejercitada. El claroscuro adquiere en sus lienzos inquietantes matices, que marcan transiciones cromáticas graduales y sutiles. Las sombras dan paso a una luz tamizada, para iluminar los espacios que quiere destacar el artista, y que de ese modo asumen una presencia sobrenatural, dejando de ser una evidencia para convertirse en una aparición irreal.

Monsalve concilia hábilmente las tensiones extremas, neutraliza los contrastes y hace verosímiles sus fantasías, gracias a un manejo magistral de las formas, los colores y los contenidos. La mítica presencia, en sus cuadros recientes, de figuras como la Mapiripana, sacerdotisa de los silencios, y de la anaconda, ese enorme reptil que en una tela luce adornos fantásticos y se desplaza hacia el Amazonas, llevando en su lomo a unos curiosos personajes, revelan la convivencia del enigma y la realidad.

En Monsalve es difícil separar al pintor del dibujante y del grabador, inclusive del escultor, porque en él todas esas técnicas se conjugan: es el artista, el artesano, el artífice. Lo hace todo con la misma pasión, obedeciendo a los misteriosos mandatos de su yo profundo. Para eso tiene a la mano, en su taller, en donde se recoge cotidianamente como en un santuario, todos los instrumentos, todos los materiales, todas las pócimas para materializar en el soporte los asombrosos productos de su imaginación. Pero sobre todo de su inagotable creatividad, alimentada por sus sueños, donde habitan recuerdos, lecturas, misteriosas visiones que el artista solo ha podido descifrar en estado de gracia.

 

Dra. Inés Flores

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