• Carlos Monsalve

El universo de Carlos Monsalve

Actualizado: 11 de dic de 2018

Dr. Marco Antonio Rodríguez

Presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana


La obra de Carlos Monsalve, sin duda, uno de los más importantes valores de las artes visuales latinoamericanas de los últimos decenios, ha ido consolidándose a pulso de oficio y búsquedas incesantes. Cada uno de sus óleos, acrílicos, lápices, tintas, grabados, serigrafías… son siempre una «producción» nueva. Mano y materia (cualquiera que esta sea) se alían en una suerte de prodigio y nacen ahítas de vida, germinan por la acción misma de la luz; esta es la sustancia axial del arte de Monsalve. Con este artista se nos revela de pronto una ontología del color. Aire y claridad, lumbre y sueños, fantasías y asombros, pureza y preciosismo, resueltos en un magno horizonte que le pertenece entrañablemente a su convicción estética y, en suprema instancia, paisaje, rostros, figuras, grupos incluidos, cambia de lugar a cada instante; es el genio de su arte: lucidez y ejercicios lúdicos llevados hasta la extenuación, sabiduría y belleza consumadas.

Y cuando se trata de grabado, la materia existe al punto bajo su mano obrante, a pesar de que esta es el primer contendiente de su mano de poeta. Es que la materia posee todas las complejidades del mundo hostil, del mundo por dominar. Por eso, Monsalve, grabador genuino, empieza su obra en un sueño de la voluntad. Así, se torna en un trabajador obsesivo, impetuoso, osado, hasta dar con la clave exacta: alquimia y sapiencia creadora. Ingres decía que el dibujo es «la vara de medir cuánto de dignidad y poesía hay en un artista». Su axioma seguirá en vigencia hasta la verdadera «muerte del arte», que es decir hasta la consumación de los tiempos: ¡cuánto de dignidad y de poesía hay en la obra de Monsalve!


Su obra se aloja en sus laberintos interiores y en ellos empiezan las verdaderas aventuras, perpetuamente fusionadas a su fascinación creadora. Mientras se buscaba a sí mismo y esperaba encontrar dentro de sí el sentido de su arte, estudió pintura, merodeando de cerca los movimientos culturales de su época pero sin incluirse en ellos. Los primeros dibujos figurativos, realizados desde muy temprana edad, recobran vida y lo persiguen a toda hora. Vinculación íntima con el otro lado de la realidad. Alianza furtiva con la otredad. Aquella disposición emitida por la amalgama de nuestros trances diarios, ficción o sujeción más bien de que es otro sin concluir de ser y dejar de estar en donde está, consciente de que su verdadero ser está en un sitio diferente. Monsalve está al acecho del más allá de la realidad y, a ratos, del más allá de su peripecia onírica. Bitácora y registro de las ultimidades de su ser. Cada rostro, personaje, paisaje, bestiario, conjunto, escorzos históricos registran el punto de partida que le permite ver cada elemento hasta sus nervaduras, como un muestrario cifrado cuyo alfabeto le posibilita la recuperación de la inocencia original; la naturaleza y la realidad se abren a nosotros, desplegando sus dos caras: el misterio en acción continua. Equilibrio de los contrarios: el lado ominoso y el luminoso.


Los códigos parecen oponerse en la obra del maestro Monsalve, pero a la postre, luego de arduas batallas invisibles, inaudibles, inasibles, son derrotados por el significado total, dentro del cual se resuelve en una maravillosa unidad: constante metamorfosis de la realidad, cambio y movimiento sin finales de la vida. El principio del eterno retorno. El movimiento sin finales de la vida logrado por el prodigio de su arte. «Rostros sin nombres de antiguos recuerdos, de otras vidas quizás. / Diamantes del amor o la desdicha que flotan sobre las difusas aguas de los sueños…»


El universo temático del maestro Monsalve es único. Sus rostros enigmáticos, bellos, hondos, inescrutables, escapados del tiempo y la distancia. El centauro domado por el agua turbadora del amor. El guía inspirado en el Ensayo sobre la ceguera de Saramago (Monsalve es un lector compulsivo y la sabiduría de los libros la vierte en su obra pictórica). Charlas de tocador, estampa ahíta de picardía y hermosura. El banquete, obra soberbia por donde se la mire, digna de cualquier museo. Te regalo mi música, proposición visual de significado histórico profundo. Visión metafórica, alegórica más bien, sutil maravilla sobre el mestizaje…


En fin, hay en los textos zen un elemento llamado ko-tzu que significa esa genial naturalidad de la que hay que delatar a este artista: potestad de un inusitado discernimiento de lo más hondo de los seres y las cosas.

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